Tenía 18 años recién cumplidos y muchas ganas de irme de fiesta.

Yo vivía a 25 kilómetros de Alicante, y mi pueblo estaba muerto.

Para bajar necesitaba el coche de mi padre.

Y yo no tenía carnet.

Aún.

Porque esa misma mañana me examinaba.

El de la autoescuela me había dicho varias veces, “no vayas a examen el Viernes, no quieren novatos en la carretera en fin de semana en tráfico”.

Así que aposté con mi padre que cuando aprobara me lo dejaba para bajar a dar “una vuelta”.

«En Viernes no te van a aprobar» -me dijo.

«¿Hay trato?» – contesté.

Y cerramos el acuerdo como lo hacían antes los hombres que se respetaban, con un apretón de manos.

Yo respetaba a mi padre, pero no iba a dejarlo todo en manos de la casualidad o el azar.

Había que trazar una estrategia que pusiera la balanza de mi lado y transmitiera un mensaje con claridad.

Parecer mayor.

Mayor y experimentado.

El típico que lleva toda la vida conduciendo pero que no se ha sacado el carnet por pereza.

Pero que “pilota” del tema.

Así que me puse la ropa más seria que tenía, jersey (que los odiaba), chaqueta y zapatos (horribles), tenía apenas 18 pero parecía tener algunos más.

Lo que comunicaba mi forma de andar, de moverme, incluso de hablar, tratando de usted a todo el que me cruzaba era parte de ese plan.

La estrategia.

Le dije al de la autoescuela que quería ser el último, contando con que a esa hora el examinador iba a estar deseando irse a casa.

No se como lo hizo pero me dejaron para el final.

Hice el recorrido con calma, sin fallos y la ruta acabó 10 minutos más tarde en la calle del examinador.

Aprobado.

Le pedí la L al de la autoescuela y cuando llegué a casa se la puse al coche de mi padre y me piré.

La trescatorcedieciseis.

No, no es PI.

Es la maniobra envolvente para conseguir tus objetivos mediante el uso inteligente de estrategias de comunicación.

Mi padre no me vio como una amenaza.

El examinador pensó que era una persona con mayor experiencia.

El de la autoescuela no se pensó que dándome sólo la L iba a ponerme en carretera ese mismo día.

Y yo llegué a casa, le puse la L al coche de mi padre y me fui de fiesta.

Porque no sólo se trata de lo que dices, sino cómo lo transmites.

Como siempre, la decisión es tuya.

Puedes tener una estrategia que te permita lograr tus objetivos o improvisar tu comunicación.