Tengo un colega que el otro día me pidió una botella de whisky de mi colección, vacía.

Quería llenarla con whisky barato y ponérsela a otro de nuestros colegas que siempre se las anda dando de que sabe mucho de whiskies.

Para descubrirlo.

Me la pidió porque tenía confianza.

Conmigo, porque sabía que se la iba a dejar, en él mismo porque pensó que a la botella no le iba a pasar nada.

Le dejé una botella de Hibiki, que me había regalado mi mujer hace unos años, en un aniversario.

Diez minutos después de salir de casa la botella se le había caído al suelo y se había hecho añicos.

Fijate.

No es la botella lo que tiene valor. La botella está vacía, el whisky hace tiempo que lo eché en mi agüita amarilla.

Lo que cuenta son los sentimientos.

Los de mi mujer cuando se enteró, los de él viendo la botella rota en el suelo cuando hacía 5 minutos se había ido de mi casa a carcajada limpia pensando en la inocentada que le iba a gastar a su amigo.

Cuando se generan sentimientos se generan acciones.

La primera la de él.

Te compro otra botella.

La de mi mujer.

Te compro otra botella.

La de tu cliente.

Porque si consigues que tu cliente se emocione con la historia que le cuentas también te comprará otra botella.

O un curso.

O tus servicios.

Escribo historias diferentes, que entretienen y te ayudan a pensar por ti mismo, a veces salen de mi día a día.

Otras veces las encuentro buceando en internet o leyendo un buen libro.

Mis historias te ayudan a vender más, a comprender la psicología detrás de las ventas y a aprender a negociar de forma más efectiva.